A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, hay una frase incómoda, persistente y peligrosa que sigue dando vueltas: “Algo habrán hecho”. Esa idea fue parte del zeitgeist de la última dictadura cívico-militar y se usó, con bastante eficacia, para legitimar el terrorismo de estado. Con la recuperación de la democracia, sin embargo, la frase continúa operando bajo nuevas formas.
Durante aquellos años, el aparato represivo secuestró, torturó y desapareció a 30.000 personas, pero para poder hacer eso, también necesitó construir un consenso social que les permitiera sostener ese horror. La idea de que las víctimas “algo habían hecho” trasladó la sospecha hacia quienes sufrían la violencia y le sacó la responsabilidad a los perpetradores. No importaban las pruebas, los derechos, ni las garantías si se instalaba la duda.
Durante una conferencia de prensa el Juzgado Federal N°3 de Córdoba dio a conocer los nombres de las personas desaparecidas halladas en La Perla e identificadas genéticamente el laboratorio del @EAAFoficial. pic.twitter.com/N14Zh0TrSZ
— Equipo Argentino de Antropología Forense (@eaafoficial) March 18, 2026
La pedagogía del terror
El “algo habrán hecho” fue una pedagogía del terror. Como el Estado era el principal violador de derechos humanos, esta idea funcionó como control y advertencia social. Si alguien desaparecía, era porque había cruzado un límite. Si alguien era secuestrado, seguro había una razón. Es decir que cualquiera podía ser víctima, pero no cualquiera era inocente. Así, revistieron la desaparición forzada con una falsa lógica moral. La culpa se desplazó hacia las víctimas y la sociedad, en muchos casos atravesada por el miedo, encontró en esa explicación una forma de soportar lo insoportable.
Pero esa lógica no sólo caló en el sentido común, también marcó instituciones, medios de comunicación y en las prácticas judiciales. Como dice el artículo de Natalia Verónica Bermúdez para el CONICET, las acusaciones morales hacia las víctimas forman parte de una tradición que clasifica las muertes como “merecidas” o “inmerecidas”.
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Buenas víctimas, malas víctimas
Esa clasificación persiste hasta el día de hoy. Hay víctimas que generan empatía inmediata, cobertura mediática y reclamos masivos. Y hay otras que deben ser explicadas, justificadas o incluso defendidas para merecer ese mismo reconocimiento. La construcción de las “buenas” y las “malas” víctimas es una herencia directa de la lógica de la dictadura.
Las buenas víctimas son aquellas que encajan en ciertos parámetros, como jóvenes “de bien”, estudiantes, trabajadores, personas sin antecedentes. Las malas, en cambio, son los habituales chivos expiatorios: pobres, migrantes, militantes, personas trans, jóvenes de barrios populares y un largo etc.
Como señala el artículo, los familiares de las víctimas muchas veces se ven obligados a “limpiar” la reputación de sus seres queridos para poder acceder a la justicia. Frases como “no era un delincuente”, “era buen chico” o “trabajaba y estudiaba” aparecen como requisitos implícitos para legitimar el reclamo. La justicia no debería depender de cómo se percibe a la víctima, pero en la práctica, muchas veces ocurre lo contrario.

De la dictadura al presente
Lejos de ser un fenómeno del pasado, el “algo habrán hecho” se reactualiza en cada caso donde la víctima es puesta bajo sospecha. Ocurre a diario con mujeres víctimas de femicidio, cuando los medios analizan su forma de vestir, sus hábitos o su vida privada. Pasa también con jóvenes asesinados por fuerzas de seguridad, cuando se enfatiza si tenían antecedentes y por sobre todo sucede con personas desaparecidas, cuando su identidad o sus ideas políticas son utilizadas para relativizar la gravedad del hecho.
Según datos de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas, miles de mujeres y niñas permanecen desaparecidas en democracia. Sin embargo, no todas reciben la misma atención. Las desapariciones de personas trans, por ejemplo, suelen quedar relegadas, invisibilizadas por prejuicios que siguen operando de manera muy efectiva.
El rol de los medios
Los medios de comunicación juegan un papel central en esta construcción ya que son los que eligen, de manera nada neutra, qué casos se cubren, cómo se narran y qué aspectos se destacan. Ni hablar de internet, donde las redes sociales tienen menos control aún que los medios tradicionales. La proliferación de streamings de derecha junto a la necesidad del consumo rápido de información fueron terreno fértil para que los prejuicios se puedan reproducir sin cuestionamientos. La búsqueda de impacto inmediato, de clics o de rating, terminan reforzando estereotipos que legitiman la desigualdad.
El mayor peligro del “algo habrán hecho” es su capacidad de naturalización. No siempre aparece de forma explícita, pero lo que siempre busca es desplazar la responsabilidad, relativizar la violencia, erosionar la empatía y, aún más grave, acostumbrarnos a la pérdida de derechos. Cuando la sociedad justifica lo injustificable, el terreno queda preparado para nuevas vulneraciones.
Mientras pasamos medio siglo reclamando saber dónde están los desaparecidos, a 50 años del golpe genocida, 20 senadores del gobierno de Milei se abstuvieron en la votación para declarar el compromiso con la Memoria, la Verdad y la Justicia
El silencio es un pacto con la impunidad pic.twitter.com/FRnTZnQZfS— H.I.J.O.S. Capital (@hijos_capital) March 19, 2026
Memoria para el prejuicio
Una de las maneras que hay de combatir esto es con la memoria. Recordar cómo se construyó el “algo habrán hecho” y para qué sirvió nos permite identificar sus formas y actuar por nosotros mismos. Cuestionar la idea de que existen víctimas que merecen más o menos justicia que otras.
Desarmar esa lógica es un desafío colectivo. Supone revisar prejuicios, interpelar discursos y tener presentes nuestros derechos. Porque cada vez que se pone en duda a una víctima, se refuerza una estructura que protege a los victimarios. Que el “algo habrán hecho” nunca más vuelva a ser una explicación posible.
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