El avance de la morosidad en Argentina ya no puede leerse como un fenómeno aislado ni transitorio. Lo que muestran los últimos datos del Banco Central de la República Argentina es, en realidad, una radiografía preocupante de un modelo económico que empieza a crujir desde abajo: las pequeñas y medianas empresas.
Mientras el discurso oficial suele poner el foco en el orden macroeconómico y la estabilidad financiera, la realidad en el entramado productivo cuenta otra historia. La mora en créditos comerciales creció con fuerza durante 2025 y, aunque aún se mantiene por debajo de la de las familias, su aceleración expone un problema estructural: la economía no genera condiciones para que las empresas —especialmente las más chicas— puedan sostenerse.

Un sistema que concentra y excluye
Uno de los datos más elocuentes es la extrema concentración del crédito. Un puñado de grandes empresas accede a casi la mitad del financiamiento, mientras el resto —el universo pyme— se reparte lo que queda. Esta desigualdad no es nueva, pero en contextos de ajuste se vuelve determinante.
Las grandes compañías, con acceso a financiamiento diversificado y espalda financiera, mantienen niveles de mora prácticamente insignificantes. En cambio, las pymes, que dependen casi exclusivamente del crédito bancario para operar, ya registran una morosidad del 4%.
Esto no habla de irresponsabilidad empresaria, sino de asfixia. Altas tasas de interés, caída de ventas y aumento de costos configuran una ecuación imposible. El crédito, que debería funcionar como palanca de crecimiento, se convierte en una trampa.
El círculo vicioso del ajuste
El problema no termina en la mora. Cuando aumentan los incumplimientos, los bancos endurecen condiciones: suben tasas, restringen líneas y elevan exigencias. Así, el financiamiento se vuelve aún más inaccesible para quienes más lo necesitan.
Se configura entonces un círculo vicioso: menos crédito, menos inversión, menos actividad y, en consecuencia, más dificultades para pagar. El propio sistema financiero, en su intento de protegerse, profundiza la recesión. Consultoras como LCG advierten que este proceso ya lleva más de un año y medio y que se aceleró en la segunda mitad de 2025. No se trata de un bache coyuntural, sino de una tendencia.

Sectores en crisis y una economía sin motor
El deterioro tampoco es homogéneo. La construcción y el comercio aparecen entre los sectores más golpeados, reflejando dos grandes ausencias: obra pública y consumo interno. Sin inversión estatal que dinamice la actividad ni demanda que traccione ventas, miles de empresas quedan atrapadas en una parálisis que impacta directamente en la cadena de pagos. En ese contexto, pagarle al banco deja de ser prioridad frente a salarios o proveedores.
Por el contrario, sectores exportadores logran sostenerse, lo que revela otra cara del modelo: una economía cada vez más dual, donde pocos ganan y muchos sobreviven. La preocupación ya trascendió las fronteras locales. La calificadora Moody’s alertó sobre el deterioro en la calidad de los activos del sistema financiero argentino, señalando que la morosidad podría seguir creciendo durante 2026 si no se estabilizan las variables macroeconómicas.
El dato no es menor. Cuando el crédito empieza a deteriorarse de forma sostenida, el impacto no queda limitado al sector financiero: se traslada al empleo, la inversión y, en definitiva, al conjunto de la economía.
El dato de fondo es que las pymes no son un actor más: representan la mayor parte del empleo y del tejido productivo del país. Su fragilidad no solo anticipa problemas financieros, sino también sociales. Si el crédito no vuelve a cumplir su función de motor y sigue operando como un factor de presión, el riesgo es claro: menos empresas, menos trabajo y una economía cada vez más concentrada.
En ese escenario, la discusión ya no pasa solo por estabilizar variables macro, sino por definir qué tipo de estructura productiva se quiere sostener. Porque detrás de cada punto de mora, hay algo más que números: hay empresas que se apagan.
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