La contaminación por plásticos se ha convertido en una de las amenazas ambientales más graves y persistentes del planeta. Cada día, unas 30.000 toneladas de residuos plásticos ingresan a los océanos y millones de fragmentos microscópicos —micro y nanoplásticos— ya circulan por el aire, el agua y los alimentos que consumimos. Lejos de ser solo un problema ecológico, la evidencia científica advierte que se trata de una crisis de salud pública global, asociada a alteraciones endocrinas, problemas reproductivos, afecciones respiratorias y distintos tipos de cáncer.
En ese escenario crítico, donde los plásticos derivados del petróleo siguen dominando la producción mundial, una iniciativa nacida en el nordeste argentino propone una alternativa concreta, local y sustentable: bolsas biodegradables elaboradas a partir de almidón de mandioca, una materia prima abundante y estratégica del NEA.

El desarrollo es encabezado por la investigadora principal del CONICET, María Cristina Area, desde el Instituto de Materiales de Misiones (IMAM, CONICET–UNaM), en articulación con la empresa misionera Plastimi SRL. El objetivo es claro: producir bioplásticos nacionales, reducir la dependencia de insumos importados —hoy mayormente provenientes de Europa— y, al mismo tiempo, ofrecer una respuesta tecnológica frente a la crisis ambiental que genera el plástico convencional.
La iniciativa surgió a partir de una beca doctoral de la ingeniera Pamela Cuenca, quien propuso mejorar los bioplásticos de almidón mediante la incorporación de nanocelulosa, un aditivo que permite optimizar sus propiedades físicas y mecánicas. A diferencia de otros bioplásticos comerciales elaborados con maíz o papa, el proyecto misionero se apoya en la mandioca, un cultivo históricamente ligado a la economía regional y con enorme potencial dentro de los enfoques de biorefinería.

El resultado es la producción de pellets biodegradables, pequeñas perlas que funcionan como insumo industrial para fabricar bolsas y otros materiales flexibles. Estos pellets no solo se elaboran con recursos locales, sino que incorporan residuos de la industria forestoindustrial —como micro y nanocelulosa y derivados de colofonia—, fortaleciendo un modelo de economía circular que reduce desechos y maximiza el aprovechamiento de la biomasa regional.
“Hoy Argentina no produce este tipo de bioplásticos. Todo se importa, con costos elevados y fuerte impacto ambiental”, explicó Area. En ese sentido, aunque el proceso pueda ser inicialmente más costoso, la disponibilidad local de la materia prima y la reducción de la dependencia externa permiten amortiguar los vaivenes del comercio internacional y avanzar hacia una sustitución de importaciones con base científica y regional.
El vínculo entre ciencia e industria es uno de los pilares del proyecto. Tras varios años de trabajo conjunto y financiamiento público, el equipo del CONICET opera actualmente en comodato dentro de la planta de Plastimi, en el Parque Industrial de Posadas, utilizando una extrusora pelletizadora piloto con capacidad de producción de hasta 35 kilos por hora. Esto permite escalar el desarrollo directamente en condiciones reales de planta, acelerando la transferencia tecnológica.

El drama de la contaminación por plásticos y la urgencia de buscar alternativas sustentables
Más allá de la innovación productiva, el proyecto dialoga con un debate global ineludible. Según informes recientes de WWF y la Universidad de Birmingham, los plásticos ya se encuentran en toda la cadena alimentaria y las personas consumen, en promedio, el equivalente a una tarjeta de crédito por semana en microplásticos.
Frente a negociaciones internacionales que avanzan con lentitud y una contaminación que no se detiene, iniciativas como la de Misiones muestran que las soluciones también pueden surgir desde los territorios, articulando conocimiento científico, industria local y compromiso ambiental.

Transformar la mandioca en bioplástico no es solo una innovación tecnológica: es una apuesta estratégica por el desarrollo regional, la salud pública y un modelo productivo más justo y sustentable. En tiempos de crisis ambiental global, el NEA ofrece una respuesta concreta desde la ciencia y la industria local.
Fuentes consultadas: Medios UNNE y Fundación Vida Silvestre.
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