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Le cantan «vale cuatro» al bluff de Trump: crónica de una intervención de Estados Unidos en el mercado Argentino

Por primera vez en tres décadas, Estados Unidos intervino directamente para sostener la moneda de un país latinoamericano, comprando pesos argentinos en el mercado cambiario. La maniobra, impulsada por el secretario del Tesoro de Donald Trump, Scott Bessent, buscó frenar la corrida antes de las elecciones y respaldar al gobierno de Javier Milei, pero el mercado está dispuesto a señalarle su bluff.
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La historia dirá que fue uno de los rescates financieros más insólitos y arriesgados de las últimas décadas. El 9 de octubre de 2025, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos decidió hacer algo que no hacía desde 1995 con México: intervenir directamente para salvar la moneda de un país latinoamericano. Esta vez el beneficiario fue Argentina, y el protagonista, Scott Bessent, el poderoso secretario del Tesoro de Donald Trump.

Ese día, el Tesoro estadounidense ejecutó operaciones de venta de dólares y compra de pesos en el Mercado Libre de Cambios, a través de J.P. Morgan, Santander y Citi. La maniobra logró bajar el tipo de cambio mayorista de $1.470 a $1.420 en apenas una hora, frenando una racha de diez jornadas consecutivas de tensión cambiaria.

Y si la medida sorprendió a la población argentina, en Estados Unidos causó poco menos que indignación. Mientras el ministro de Economía, Luis Caputo, celebraba la intervención como un “logro diplomático” y destacaba el compromiso de Donald Trump con los aliados que dan la bienvenida a la inversión norteamericana, el propio Bessent debió dar explicaciones en una entrevista con Fox News, asegurando que lo hacían porque el peso argentino estaba “subvalorado” y que la compra constituía “un negocio rentable para los Estados Unidos”. La operación que en Buenos Aires se presentó como un gesto político, en Washington se justificó como una simple apuesta financiera.

La declaración de Bessent fue una clara defensa del esquema de bandas cambiarias propuesto por el gobierno de Milei. Su afirmación de que “el peso está infravalorado” implica que la divisa argentina se encuentra en el techo de la banda, y que, si el gobierno logra sostenerla, comprar pesos podría resultar un negocio rentable. En otras palabras, quien confíe en que las bandas se mantendrán puede adquirir pesos caros hoy para recomprar dólares más baratos mañana, cuando el tipo de cambio vuelva al centro, entre 1.200 y 1.300.

Pero hay un detalle que convierte esta operación en un posible fiasco histórico: para que funcione, el mercado debe creer que el gobierno podrá sostener las bandas incluso después de las elecciones legislativas del 26 de octubre. Sin embargo, las intervenciones no lograron calmar la desconfianza: pese a las compras del Tesoro estadounidense, el dólar mayorista siguió en alza, tocando máximos intradía de $1.430. Los dólares financieros también escalaron: el MEP llegó a $1.473 y el contado con liquidación a $1.491.

A pocos días de las elecciones, el peso argentino sigue cotizando prácticamente en el techo de la banda cambiaria. Ni las declamaciones del gobierno nacional ni las intervenciones del Tesoro norteamericano parecen haber convencido a los mercados de que $1.490 es un alto precio para comprar dólares.

Jugando a las apuestas

En todas las culturas populares existen juegos que mezclan el azar con el engaño. Son juegos en los que los participantes intentan ganar haciéndole creer al contrincante que tienen mejores cartas de las que realmente poseen. En Argentina, ese juego es el truco, usado durante décadas por contratistas y parroquianos en pulperías para desplumar a los jornaleros apurándolos a pura fanfarronería para que se vayan al mazo de antemano.

El truco tiene la particularidad de basarse más en el carácter que en la suerte. Las apuestas suelen estar “cantadas” desde el principio, y quien no tiene cartas suficientes debe sostener su posición con convicción, arrogancia y un buen golpe de voz.

Pero desde junio, al gobierno de Milei ya no le alcanzaba con esa estrategia. Por más que seguía golpeándose el pecho, proclamando ser “el mejor gobierno de la historia” y asegurando que en algún lugar hay “12 millones de argentinos que sacamos de la pobreza”, el mercado ya no se achicaba y empezó a cantarle el real envido y el quiero vale cuatro.

Así, jornada tras jornada, el dólar fue acercándose al techo de la banda fijada por Milei. Y cuando en septiembre el Banco Central debió empezar a vender reservas para evitar una disparada, quedó en evidencia que al gobierno no le estaban llegando las cartas.

Del truco al póker

Para contener el drenaje de dólares del Central sin devaluar a un mes de las elecciones, el gobierno ya había quemado todas sus naves. Había dilapidado los 20.000 millones del blanqueo manteniendo un dólar barato, pidió otros 20.000 millones al FMI a costa de ajustes en jubilaciones y programas sociales, y solo le quedaba recurrir al gobierno de los Estados Unidos para que le “hiciera la segunda”.

En el país del norte, el juego por excelencia es el póker, que también combina cartas y engaños, pero con una diferencia crucial: en el póker, el dinero mismo es parte del engaño. Quien tiene más fichas puede intimidar al adversario “jugando fuerte”, apostando sumas grandes que simulan confianza y obligan al otro a retirarse (pull off) o igualar la apuesta si quiere sostener sostener su posición (lo que en la jerga se dice que está señalando su «bluff»).

Así estuvo jugando Scott Bessent. Según operadores del mercado cambiario local, el Tesoro estadounidense habría comprado hasta el momento unos 539 millones de dólares en pesos argentinos a través de tres intervenciones directas. La primera, el 9 de octubre, por 140 millones; la segunda, el 15 de octubre, por 199 millones; y la tercera, la más espectacular, con 200 millones volcados al mercado en el cierre de la semana pasada, de los cuales 100 millones se ejecutaron en los últimos diez minutos de operaciones. Fue una jugada agresiva, de esas que buscan asustar al rival más que convencerlo.

No contentos con eso, tanto Bessent como Donald Trump aseguraron estar negociando un paquete de asistencia de hasta 40.000 millones de dólares, que incluiría un swap por 20.000 millones, compra de bonos argentinos, una línea de crédito “stand-by” de emergencia y fondos adicionales de bancos privados y soberanos. El mensaje era claro: Estados Unidos tenía las cartas y el dinero para sostener la apuesta de que “el peso argentino está infravalorado”.

Pero el ruido duró poco. Tres días después de la primera intervención, el mercado ya empezaba a cantarle el “bluff” a Bessent. El viernes 17 de octubre, el dólar mayorista cerró a $1.490,50, apenas 60 centavos por debajo del techo de la banda, y los dólares financieros se dispararon: el CCL alcanzó los $1.600 y los futuros para junio de 2026 cotizaban en $1.830.

El Banco Central de la República Argentina y el gobierno nacional también pusieron lo suyo. Según estimaciones del mercado, las autoridades locales habrían vendido más de 3.000 millones de dólares de sus escasas reservas en las últimas semanas tratando de evitar que el peso rompiera la banda. En lo que va del año, Argentina ya habría gastado más de 10.000 millones en intervenciones cambiarias, la mitad solo desde septiembre.

El problema del peso sobrevaluado

Por más que Estados Unidos suba la apuesta y el gobierno de Milei insista en “cantar” aunque no tenga una buena mano, existe un problema técnico que ninguno de los dos puede resolver: el peso argentino está sobrevaluado. Las señales son múltiples: los turistas argentinos gastan cifras récord en el exterior, Buenos Aires se ha vuelto una de las ciudades más caras de la región y las reservas del Banco Central se evaporan pese al préstamo de 14.000 millones del FMI recibido a comienzos de año.

Según estimaciones de analistas internacionales, las reservas netas utilizables del BCRA no superan los 10.000 millones de dólares, una cifra irrisoria frente a los pasivos de corto plazo en dólares o atados al dólar. Como señaló Paul Krugman, los programas de desinflación basados en un tipo de cambio fuerte tienen un largo historial de fracasos en América Latina. Una moneda sobrevaluada ayuda a contener la inflación, pero priva a la economía de divisas, y esa escasez termina —inevitablemente— en una crisis.

El veredicto del mercado

A esta altura, el veredicto del mercado es inapelable. Los operadores locales observan con preocupación cómo los plazos fijos en pesos han caído 2,4 billones de pesos en la primera quincena de octubre, una señal clara de que los inversores están abandonando el carry trade y escapando hacia el dólar. Las tasas de interés a un día han superado el 100% anual, un lastre insoportable para cualquier economía.

Mark Sobel, ex secretario del Tesoro estadounidense y ex funcionario del FMI, fue lapidario en sus redes sociales: «La idea de que el Tesoro de Estados Unidos asuma 200 millones en pesos terriblemente sobrevaluados en sus libros es una locura. Es hora de transparencia. El peso necesita flotar pronto«.

Mientras tanto, Javier Milei enfrenta su momento de la verdad. Las elecciones del domingo 26 de octubre dirán si su apuesta de mantener el peso artificialmente fuerte valió la pena. Lo que es seguro es que, si pierde, tendrá que explicarle a los argentinos por qué sacrificó miles de millones de dólares de reservas y la credibilidad de Estados Unidos en una batalla que, a juzgar por los números, ya estaba perdida desde el principio.

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