El economista Rubén Serruya explicó a NEA HOY que en los últimos meses, el Gobierno argentino volvió a recurrir a mecanismos de asistencia financiera externa para obtener dólares y estabilizar la economía. Entre ellos, se destacó un nuevo acuerdo o «rescate financiero» protagonizado por los Estados Unidos a través de líneas de swap y otras herramientas de liquidez. Este tipo de operaciones suele presentarse como una solución técnica, pero su impacto real en la vida de las personas va mucho más allá del mundo financiero.
¿Qué es un swap y cómo funciona?
Un swap cambiario entre bancos centrales es un acuerdo por el cual una autoridad monetaria, como la Reserva Federal de los Estados Unidos, entrega dólares al Banco Central de otro país a cambio de su moneda local («compra» pesos), con el compromiso de recomprarla más adelante. No es una donación ni un préstamo sin condiciones: es una operación temporal de canje de monedas que otorga liquidez en dólares para evitar crisis de corto plazo.
En la práctica, el swap permite al Banco Central argentino usar esos dólares para reforzar reservas, intervenir en el mercado cambiario o pagar vencimientos. Sin embargo, al tratarse de recursos prestados, deben devolverse con intereses o bajo condiciones pactadas, aún no se sabe nada sobre estas condiciones, ni tampoco plazo o tasas de interes que se pagarían, ni siquiera montos.

Este movimiento fue interpretado como una señal política de respaldo, pero también como un reconocimiento de la fragilidad estructural del país.
La operación alivió momentáneamente la presión sobre el tipo de cambio, permitió pagar importaciones esenciales y contuvo el riesgo de una corrida. Sin embargo, no resolvió los problemas de fondo: la falta de divisas genuinas, el déficit financiero y la desconfianza en el peso.
Efectos macroeconómicos
A corto plazo, el rescate generó una sensación de estabilidad: el dólar se contuvo y las reservas del Banco Central subieron. Pero los mercados reaccionaron con escepticismo. Los bonos soberanos y las acciones argentinas registraron nuevas caídas, porque los inversores interpretaron que el apoyo era apenas un «parche» y no una solución estructural.
El swap amplió las reservas contables, pero también incrementó los pasivos externos del Banco Central. Cuando los dólares son prestados, no se traduce en mayor solvencia, sino en deuda contingente que deberá devolverse. De ahí que los bonos caigan: el riesgo país aumenta al percibirse que la Argentina solo gana tiempo.

Impacto social y en la gente de a pie
Aunque estos movimientos financieros parecen lejanos, su impacto llega directo al bolsillo de la población. Cuando el Estado obtiene dólares prestados, logra contener el tipo de cambio por unos meses, pero si no hay un cambio estructural, la presión vuelve. Los precios suben, el salario pierde poder de compra y el costo del crédito se dispara.
Durante 2024 y 2025, millones de personas sintieron esa inestabilidad: cada vez que el dólar oficial se movía, los alimentos, el combustible y los medicamentos aumentaban. Las familias ajustaban su consumo y las pymes reducían personal. En los barrios, el «rescate financiero» se tradujo en más incertidumbre, más inflación y menos oportunidades.
En síntesis, el alivio es temporal. El beneficio principal lo obtuvo el sistema financiero y el Gobierno, que ganó algo de tiempo, pero la sociedad pagó el costo con salarios más bajos, pérdida de empleo y un deterioro en las condiciones de vida.

El llamado «rescate financiero» mediante swaps puede evitar una crisis inmediata, pero no resuelve los desequilibrios estructurales de la economía argentina. Si no se acompaña de políticas productivas, fiscales y sociales sostenibles, el alivio es fugaz. Los mercados lo saben, por eso los bonos y las acciones caen: anticipan que la situación de fondo sigue sin resolverse.
Para la gente común, estos acuerdos significan más endeudamiento y más vulnerabilidad frente a la inflación. En lugar de fortalecer la economía real, consolidan la dependencia financiera. El desafío no es conseguir más dólares prestados, sino generar confianza, producción y estabilidad que permitan un crecimiento duradero.

La pregunta es ¿qué pasa después del 26 de octubre? si intenta dejar flotar el dólar, lo cual puede llevar a un dólar de más de $1600; o recalibrará las bandas cambiarias, o seguirá con un «carry trade» al infinito con apoyo explícito de Bessent buscando sostener el esquema hasta el 2027.
Por Rubén G. Serruya
Licenciado en Economía de la UNNE. Secretario del Bloque Legislativo Frente Grande. Secretario de Derechos Humanos de la CTA de los Trabajadores. Coordinador de la Tecnicatura Superior en Administración Económico Financiera de la UEGP N° 157 “Foro Social del Nea”. Columnista económico de Radio Nuestra Voz, Radio Mágica, Radio Puerto, Revista Bohemia, Chaco Stream.
ADEMÁS EN NEA HOY:
Más intereses que derechos: el giro fiscal de Milei
La deuda versus la inversión social: lo que se pierde al priorizar intereses










