La industria manufacturera se convirtió en el principal foco de destrucción de empleo formal en la Argentina en lo que va de 2026. Según datos del Observatorio IPA, el 97% de los puestos perdidos en toda la economía corresponde al sector fabril: de los 7.593 empleos registrados que se dieron de baja, 7.336 pertenecen a plantas industriales. El dato confirma que la crisis dejó de ser sectorial para consolidarse como un problema estructural con epicentro en la producción.
El deterioro no es reciente. Desde diciembre de 2023, cerca de 80 mil trabajadores industriales quedaron fuera del sistema formal, en un proceso sostenido que ya acumula más de dos años. En paralelo, el entramado productivo se achica: casi 3.000 empresas manufactureras cerraron sus puertas en ese período, dejando un total de apenas 46.728 firmas activas en todo el país.
El desplome del consumo interno aparece como uno de los factores centrales. Las últimas mediciones reflejan una caída interanual del 3,1%, en un contexto donde seis de cada diez consumidores recurren al endeudamiento para cubrir gastos básicos. Sin demanda, la producción pierde sentido: el stock se acumula, las ventas no rotan y los costos fijos se vuelven insostenibles.

A este escenario se suma lo que especialistas definen como un «efecto pinza»: por un lado, los costos en pesos aumentan al ritmo de la inflación; por el otro, el tipo de cambio se mantiene relativamente estable. Esto encarece los productos argentinos en dólares y facilita el ingreso de importaciones más baratas, lo que erosiona aún más la competitividad de la industria local.
Desde Industriales Pymes Argentinos advierten además sobre un cambio más profundo en el modelo económico. Su presidente, Daniel Rosato, sostiene que el país atraviesa un proceso de «primarización», en el que la actividad industrial pierde peso frente a sectores extractivos y de menor generación de valor agregado. «Este año ya estamos en la etapa final de resistencia», alertó, al señalar que muchas empresas agotaron su capacidad financiera para sostener operaciones.

Los indicadores productivos refuerzan esa tendencia. La actividad fabril cayó 8,7% interanual en febrero y mostró una baja del 4% respecto al mes anterior. El impacto no se limita a las fábricas: comercios, servicios y proveedores vinculados a la industria comienzan también a cerrar, profundizando un efecto en cadena que golpea al empleo en distintas capas de la economía.
En este contexto, crece la preocupación por la pérdida de empleo calificado, uno de los activos más difíciles de recuperar para el entramado productivo. La industria, históricamente, es el último sector en ajustar planteles por los costos de formación técnica. Sin embargo, ese límite parece haberse quebrado.
Especialistas advierten que, sin políticas activas que impulsen la producción, la actual recesión podría consolidarse como un rasgo estructural. El riesgo, sostienen, es que la Argentina avance hacia un esquema centrado en la exportación de materias primas, con menor capacidad industrial, menor generación de valor y un mercado laboral cada vez más fragmentado.
Fuente: «La 17»
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