Cada 10 de abril, Argentina conmemora el Día del Investigador Científico en homenaje al nacimiento de Bernardo Houssay, quien en 1947 se convirtió en el primer latinoamericano en recibir el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Sus investigaciones sobre el rol de la hipófisis en la regulación del azúcar en sangre marcaron un antes y un después en la comprensión de la diabetes y posicionaron al país en la élite del conocimiento científico mundial.
Sin embargo, este 2026 la efeméride encuentra al sistema científico argentino atravesando una de las crisis más profundas de su historia reciente. Bajo el gobierno de Javier Milei, investigadores, universidades y organismos denuncian un proceso acelerado de desfinanciamiento, parálisis institucional y pérdida de capacidades estratégicas que pone en riesgo no solo el presente, sino también el futuro del desarrollo nacional.

Un ajuste sin precedentes en democracia
Los datos son contundentes: la inversión en ciencia y tecnología cayó al 0,164% del PBI en 2025, el nivel más bajo registrado en la historia argentina, incluso por debajo del mínimo previo de 2002. En apenas dos años, el presupuesto del área se redujo un 44% en términos reales, muy por encima del recorte general del Estado.
El impacto se refleja en organismos clave como el CONICET, que perdió más de un tercio de su capacidad presupuestaria desde 2015, o la Comisión Nacional de Energía Atómica, donde el deterioro supera el 40%. A esto se suman recortes en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria y el Instituto Nacional de Tecnología Industrial, instituciones fundamentales para la producción y la innovación.
“No hay solo recortes; no hay políticas, no hay orientación, no hay metas”, advierte el físico e historiador de la ciencia Diego Hurtado al medio Wired, y define el escenario actual como un proceso de «degradación institucional» sin precedentes en 40 años de democracia.
Laboratorios paralizados y ciencia sostenida “a pulmón”
El ajuste no es abstracto: se traduce en laboratorios que funcionan con insumos acumulados, equipos sin mantenimiento y proyectos directamente suspendidos. La Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, históricamente clave en el financiamiento, se encuentra prácticamente paralizada y sin convocatorias activas.
Investigadores denuncian que hoy la ciencia argentina no recibe financiamiento estatal efectivo, lo que obliga a sostener experimentos con recursos propios o directamente abandonarlos. En muchos casos, equipos científicos han llegado a organizar actividades solidarias o vender productos para mantener en funcionamiento sus instalaciones.
La situación impacta también en áreas sensibles: investigaciones sobre enfermedades muy presentes en el NEA como el Chagas, desarrollos en energía nuclear o proyectos satelitales estratégicos quedaron frenados o desmantelados.

Salarios en caída y fuga de cerebros
A la crisis estructural se suma el deterioro de las condiciones laborales. En dos años, los salarios de investigadores y becarios del CONICET cayeron hasta un 38% en términos reales, mientras que muchos profesionales perciben ingresos por debajo de la línea de pobreza.
El sistema, además, presenta un bloqueo inédito en el ingreso a la carrera científica: investigadores seleccionados hace años aún no han sido designados, lo que genera incertidumbre y empuja a muchos a abandonar el país o cambiar de actividad.
El resultado es una nueva ola de «fuga de cerebros», con jóvenes científicos migrando hacia países como Brasil o Chile ante la falta de perspectivas.

El freno a proyectos estratégicos
El impacto del ajuste también se mide en oportunidades perdidas. Iniciativas como el reactor nuclear CAREM-25, el desarrollo del satélite ARSAT-SG1 o la instalación del radiotelescopio CART en San Juan quedaron paralizadas, pese a su potencial científico, económico y geopolítico.
La pregunta que sobrevuela este Día del Investigador Científico no es solo cómo sostener el sistema actual, sino cuánto tiempo llevará reconstruirlo. Porque, como advierten los propios investigadores, la ciencia no se apaga de un día para otro, pero cuando se desarticula, puede tardar décadas en volver a ponerse en marcha.
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