El teléfono sonó y del otro lado estaba el abogado con la noticia. María Soledad Nívoli, que tenía cuatro meses cuando su padre fue arrancado de su casa en el barrio General Paz de Córdoba una madrugada de febrero de 1977, escuchó por primera vez en 49 años algo que ya no esperaba escuchar: habían encontrado a Mario.
«Casi me caigo«, dijo. «Fue un llanto explosivo, una mezcla de incredulidad total y sorpresa«. Y después, la frase que resume todo: «Mi papá dejó de ser desaparecido. Ahora soy huérfana de padre. Mi papá está muerto«.
Ese duelo tardío, ese derecho a llorar a alguien que tiene nombre y restos y una historia, es exactamente lo que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) devolvió a doce familias argentinas esta semana.
El hallazgo
El Juzgado Federal N°3 de Córdoba, a cargo del juez Miguel Hugo Vaca Narvaja, confirmó la identificación genética de doce personas detenidas-desaparecidas cuyos restos fueron recuperados durante las excavaciones realizadas en 2025 en la zona conocida como Loma del Torito, dentro de la Guarnición Militar de La Calera. Allí funcionó La Perla, el centro clandestino de detención más grande del interior del país, bajo las órdenes del Tercer Cuerpo del Ejército que comandaba el general Luciano Benjamín Menéndez. Por sus instalaciones pasaron entre dos mil y dos mil quinientas personas entre 1976 y 1978. La inmensa mayoría sigue desaparecida.
La agrupación HIJOS Córdoba ya confirmó seis de los doce nombres: Mario Alberto Nívoli, Ramiro Bustillo Rubio, Oscar Omar Reyes, Eduardo Jorge Valverde Suárez, Raúl Oscar Ceballos Canton y una de las mellizas Carranza —Adriana o Cecilia, todavía sin precisar— secuestradas juntas en 1976 cuando un grupo del Ejército irrumpió en la pensión donde vivían.
Son historias de obreros, estudiantes y militantes. Reyes tenía 45 años, cinco hijos y trabajaba en Fiat. Bustillo cursaba Ingeniería y esperaba su segundo hijo cuando fue secuestrado. Ceballos Canton tenía 23 años y también era obrero de Fiat. Nívoli estudiaba, militaba en la Juventud Universitaria Peronista y trabajaba como electricista. Todos fueron arrancados de sus vidas en 1976 o 1977. Todos terminaron en la Loma del Torito.
La ciencia al servicio de la memoria
El trabajo que hizo posible estas identificaciones comenzó meses atrás con pala, cucharín y zaranda. Las excavaciones arqueológicas del EAAF, en colaboración con el Instituto de Medicina Forense del Poder Judicial de Córdoba y la Universidad Nacional de Río Cuarto, recuperaron restos óseos humanos aislados y mezclados, luego procesados en el Laboratorio de Genética Forense de la institución y cotejados con muestras de sangre de familiares.
El EAAF fue creado en 1984, en plena dictadura franquista de transición democrática, cuando la CONADEP y las Abuelas de Plaza de Mayo pidieron ayuda internacional para exhumar fosas con rigor científico. Desde entonces procesó más de 4.500 muestras óseas de personas desaparecidas provenientes de 20 países. Su metodología se convirtió en modelo mundial y fue convocada desde la ex Yugoslavia hasta Ucrania, desde Filipinas hasta España.
En Argentina, sin embargo, su tarea tiene una dimensión que va más allá de la ciencia forense: es también una forma de resistencia. Alicia Dasso, ex presa política que colaboró con el EAAF en las excavaciones del Cementerio de San Vicente en 2002, lo dijo sin rodeos: «Ante tanto negacionismo, esto es un mojón para seguir buscando«.
Memoria en tiempo de ajuste
La frase de Dasso no es retórica. Las identificaciones se producen en un clima político cargado. El gobierno nacional ha desfinanciado organismos de derechos humanos, desmantelado áreas del Estado dedicadas a la memoria y tolerado —cuando no promovido— declaraciones que minimizan o cuestionan los crímenes de la dictadura. En ese contexto, cada hueso identificado es también un argumento. Una prueba material, genética, inapelable.
El hallazgo en La Calera no encontró una fosa común intacta. Como explicó María Soledad Nívoli, los restos habían sido removidos durante la propia dictadura. «No encontramos una fosa común intacta, lo cual hubiese sido una buena noticia. Se recupera lo que quedó, lo que las máquinas no destruyeron«. Aun así, alcanzó para devolver doce nombres. Y en 2026 están planificadas nuevas prospecciones en el área.
La hija de Mario Nívoli cerró su testimonio con una frase que no necesita comentario: «Si hay algo para decir es que no hay que soltar la búsqueda«. A casi cincuenta años del golpe, con el Estado mirando para otro lado, esa tarea sigue siendo de la ciencia, de las familias y de quienes se niegan a olvidar.
Los familiares de personas desaparecidas que quieran aportar muestras o actualizar sus datos pueden contactarse con el Juzgado Federal N°3 de Córdoba al (0351) 433-5772 o con el EAAF al 0800 345 3236.
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