La baja de la natalidad se convirtió en uno de los caballitos de batalla de la ultraderecha global. Usando la excusa de una supuesta supuesta “crisis demográfica” o un inminente “invierno demográfico”, los gobiernos y referentes conservadores construyen un relato que en vez de explicar por qué las personas deciden tener menos hijos, utilizan ese dato para avanzar contra derechos conquistados por mujeres y disidencias. Argentina no es la excepción.
Los datos y el relato
El fenómeno de la baja natalidad no es nuevo ni exclusivo del país. Según el Banco Mundial, la caída de la fecundidad es una tendencia global sostenida desde al menos 2016. América Latina, Europa y gran parte de Asia muestran el mismo patrón. Sin embargo, la ultraderecha presenta este proceso complejo y multicausal como una amenaza civilizatoria y la exagera para justificar agendas regresivas. El objetivo es reinstalar un modelo familiar tradicional, heterosexual y jerárquico como única respuesta posible, aun cuando ese modelo no garantiza condiciones materiales para la crianza.
En Argentina, Javier Milei insiste en vincular la baja de la natalidad con la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. “Ahora lo estamos pagando con caídas en la tasa de natalidad”, afirmó en la AmCham Summit 2025. El problema es que los datos desmienten ese planteo. La tasa de natalidad comenzó a descender en 2014, 6 años antes de la legalización del aborto, y continuó haciéndolo de manera sostenida. Para 2023 se ubicó en 9,9 nacimientos cada 1.000 habitantes. No hay correlación directa entre el aborto o los derechos reproductivos en general y la caida de los nacimientos, lo que sí hay es una intencionalidad política en insistir con esa asociación.
Ver esta publicación en Instagram
¿Están dadas las condiciones para tener familia?
Una de las cosas que las personas tienen en cuenta a la hora de traer un hijo al mundo es cómo van a mantenerlo. Tener hijos es una decisión profundamente atravesada por lo económico y hoy en día la canasta de crianza supera los ingresos de amplios sectores de la población. A eso se suma un mercado laboral precarizado, alquileres impagables, salarios que pierden frente a la inflación y un Estado que se retira de su rol de acompañamiento.
Mientras Javier Milei y su entorno hablan de fomentar la natalidad, desmantelan todas las políticas que podrían hacerlo posible. El Plan 1000 Días, destinado a acompañar embarazos y primeras infancias, quedó paralizado. Las políticas de cuidado fueron recortadas. Las provincias reciben menos fondos para sostener jardines, escuelas y centros de salud. Las licencias laborales no se amplían, los salarios no alcanzan y la informalidad crece.
Otra cosa para destacar es que en este punto aparece el sesgo de género. La ultraderecha no habla de natalidad en abstracto sino que habla del control sobre los cuerpos de las mujeres y personas gestantes. Cuando referentes libertarios sostienen que el problema es que las mujeres “priorizan su carrera”, lo que proponen es un retroceso histórico hacia la dependencia económica y la maternidad obligatoria. No hay una preocupación real por la infancia, sino una voluntad disciplinadora que busca devolver a las mujeres al ámbito doméstico, incluso cuando ese ámbito ya no garantiza subsistencia.
La natalidad y la inmigración
La Educación Sexual Integral es otro blanco recurrente. La ESI permitió reducir el embarazo adolescente y fortalecer decisiones reproductivas informadas. Sin embargo, para los sectores conservadores, todo lo que amplíe autonomía resulta peligroso. A este escenario se suma otra de las grandes contradicciones de las derechas contemporáneas: se declaran alarmadas por la baja natalidad, pero rechazan la inmigración.
Bajo la noción de que no nacen suficientes niños, se habla con pánico sobre el futuro de cada país. Tomemos como ejemplo a España, donde el índice de nacimientos está muy por debajo de la tasa de reemplazo y ya hay más muertes que nacimientos. Por lógica el número de habitantes debería descender, pero la población sigue creciendo y continuará haciéndolo en los próximos 50 años, tanto por el aumento de la esperanza de vida como por la llegada de inmigrantes.
Pero en lugar de pensar sociedades más diversas y políticas de integración, las ultraderechas construyen teorías conspirativas que enfrentan a “nacionales” contra “extranjeros”. En Europa y Estados Unidos, este discurso convive con realidades laborales que ya dependen de población migrante. En Argentina, país históricamente construido por migraciones, la narrativa antiinmigrante también empieza a ganar terreno, aun cuando no existe un problema demográfico real.

El alarmismo como agenda
Decidir si tener hijos, cuándo y cuántos es una de las expresiones más profundas de la libertad individual y algo por lo que se ha luchado incansablemente desde los albores del feminismo. Si realmente se quisiera promover la natalidad, se deberían garantizar condiciones materiales dignas: trabajo estable, vivienda, salud, educación y políticas de cuidado, no intentar eliminar los derechos adquiridos.
La ultraderecha transforma miedos económicos en pánico moral y lo usa para promover su propia agenda antifeminista y etnonacionalista. El verdadero debate no es cuántos hijos tienen las mujeres, sino qué tipo de sociedad se construye para que vivir y criar no sea un privilegio.
ADEMÁS EN NEA HOY:
Caso Cecilia Strzyzowski: la jueza dará a conocer la sentencia al clan Sena el año que viene
Femicidios en 2025: Misiones y Chaco entre las provincias con mayor tasa de violencia











