La noche del domingo quedó marcada en la historia política chilena. José Antonio Kast, líder del Partido Republicano, se convirtió en el nuevo presidente electo tras vencer con amplitud a la comunista Jeannette Jara por 58,17% contra 41,83%. No se trata de un simple cambio de gobierno: Chile experimenta el viraje más pronunciado hacia la derecha radical desde que Augusto Pinochet abandonó el poder en 1990.
El resultado no sorprendió a los analistas, pero su magnitud sí. Kast arrasó en las 16 regiones del país, incluyendo tradicionales bastiones progresistas como Valparaíso. Con más de 7,2 millones de votos, se convirtió en el presidente más votado de la era democrática chilena, superando incluso el histórico triunfo de Michelle Bachelet en 2013.

El perfil de un líder polémico
A sus 59 años, este abogado y padre de nueve hijos representa una derecha que él mismo diferencia de la «tradicional y licuada» que encarnó Sebastián Piñera. Católico devoto vinculado al movimiento Schoenstatt, Kast nunca ha ocultado su admiración por el régimen militar. En 1988, cuando Chile decidía en las urnas si Pinochet continuaba en el poder, Kast votó a favor del dictador. Décadas después, llegaría a afirmar que el general habría votado por él si viviera.
Esta trayectoria lo distingue radicalmente de Piñera, quien recordaba con orgullo haber votado contra la dictadura en aquel plebiscito fundacional. «Kast viene del núcleo más a la derecha de lo que se llama en Chile la derecha tradicional, que es una derecha que no ha tenido credenciales muy democráticas«, explica la politóloga Claudia Heiss.
Sin embargo, el Kast de 2025 difiere del que perdió estrepitosamente en 2017 con apenas 8% de los votos, e incluso del que cayó ante Gabriel Boric en 2021. Esta vez, el candidato evitó cuidadosamente los temas espinosos que le costaron apoyo femenino en el pasado: no habló de aborto, matrimonio igualitario ni de violaciones a los derechos humanos. Su campaña se concentró obsesivamente en dos ejes: seguridad y migración irregular.
La democracia habló fuerte y claro. Me acabo de comunicar con el Presidente electo @joseantoniokast para desearle éxito por el bien de Chile.
A quienes nos apoyaron y fueron convocados por nuestra candidatura, tengan claro que seguiremos trabajando por avanzar en una mejor vida…
— Jeannette Jara Román (@jeannette_jara) December 14, 2025
La fórmula del miedo y la mano dura
El discurso de Kast resonó en una sociedad chilena angustiada por la percepción de inseguridad, aunque paradójicamente el país mantiene tasas de homicidios considerablemente más bajas que el resto de la región. Su «Plan Implacable» promete cárceles de máxima seguridad con aislamiento total para narcotraficantes, endurecimiento de penas y la creación de fuerzas especiales para recuperar zonas dominadas por el crimen organizado.
En materia migratoria, sus propuestas bordean el espectáculo: financiar 2.000 vuelos para deportar migrantes indocumentados, con un costo estimado de 300 millones de dólares. Incluso sugirió que los propios migrantes «colaboren» pagando sus pasajes de regreso. Son ecos directos del discurso trumpista, con la particularidad chilena de una frontera mayormente andina.
El modelo que Kast admira públicamente es el de Nayib Bukele en El Salvador. Visitó las megacárceles salvadoreñas como referencia de lo que pretende implementar, pese a las denuncias internacionales de abusos sistemáticos en esos centros penitenciarios.

Un continente que vira a la derecha
El triunfo de Kast no es un fenómeno aislado. América Latina experimenta una ola conservadora que ubica a Chile en una nueva constelación regional junto a Argentina de Javier Milei, Ecuador de Daniel Noboa, Paraguay de Santiago Peña y Bolivia de Rodrigo Paz. La izquierda queda reducida a Brasil, Colombia, Uruguay y México, mientras la región transita hacia lo que el experto Franco Delle Donne denomina «neopatriotas»: ultraderechistas que capitalizan la crisis de la globalización y el desencanto con las democracias liberales.
El propio Milei fue uno de los primeros en celebrar la victoria de su «amigo» Kast, prometiendo trabajar juntos «para que América abrace las ideas de la libertad y podamos liberarnos del yugo opresor del socialismo del siglo XXI«. También llegaron felicitaciones del secretario de Estado estadounidense Marco Rubio y de otros líderes conservadores de la región.
Kast se ha ubicado conscientemente en la familia ideológica de Donald Trump, Milei y Giorgia Meloni. Participó en foros de ultraderecha como la Conferencia de Acción Política Conservadora y presidió redes internacionales de valores conservadores. «Nuestras ideas ya ganaron: ganaron en Estados Unidos, en Italia, en Argentina«, declaró este año con visible satisfacción.

El desafío de gobernar
Ahora viene la prueba de fuego: transformar las promesas en políticas concretas. Su agenda económica incluye un ajuste fiscal de 6.000 millones de dólares en 18 meses, cuya viabilidad genera serias dudas incluso en sectores empresariales. También promete eliminar las listas de espera en salud derivando pacientes masivamente al sector privado y mantener beneficios sociales como la Pensión Garantizada Universal, pese al recorte del gasto público.
La transición comenzará este lunes cuando Boric lo reciba en La Moneda, en cumplimiento de la tradición republicana. El presidente saliente, quien lo derrotó hace cuatro años, le advirtió sobre «la soledad del poder» y ofreció su colaboración.
Chile se prepara así para un experimento político que definirá no solo su futuro inmediato, sino que podría marcar tendencia en un continente cada vez más polarizado entre proyectos autoritarios de derecha y resistencias democráticas progresistas.
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