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Huellas de la infancia: cómo vivían, jugaban y soñaban los niños en la prehistoria

Un recorrido por las huellas, juegos, retratos y rituales que revelan cómo vivían, aprendían y eran cuidados los niños en la prehistoria, desde el Paleolítico hasta la Edad del Cobre.
infancia en la prehistoria

Este fin de semana, mientras celebramos el Día de las Infancias con juegos, regalos y sonrisas, vale la pena mirar atrás y descubrir que la niñez siempre ha sido mucho más que un momento de dependencia e inocencia. Desde hace decenas de miles de años, los niños han dejado huellas —literalmente— en la historia: marcas de pies en el barro, dibujos en las paredes de cuevas, pequeños juguetes tallados en hueso o madera, y ajuares que los acompañaban incluso en la despedida final. Un viaje fascinante que nos recuerda que, aunque cambien las épocas, la curiosidad, el juego y el vínculo social han sido parte esencial de crecer… ayer y hoy.

Aunque podemos identificar la infancia con un periodo de dependencia, inocencia o necesidad, también es una etapa de exploración, aprendizaje y juegos. Hoy en día… y en la prehistoria. Ello queda patente en las numerosas huellas de sus pequeñas manos y pies que, desde el Paleolítico, los niños dejaron en diferentes entornos.

En La Garma, en Cantabria, se han identificado hasta catorce huellas de niños de entre 6 y 7 años, de hace 16.500 años.

Pertenecen a talones, codos, dedos metidos en el barro y tierra movida. ¿Quizás restos de un juego?. Del Mesolítico, encontramos 856 huellas en el estuario del Severn, en Gran Bretaña. El 29% de ellas se atribuyen a pequeños que se dirigían por un “camino” hacia una zona de pesca. Se cree que podían haber tenido cuatro años o menos, lo que sugiere que jugaban en ese sendero «yendo y viniendo».

Por otro lado, tenemos sus huellas a modo de improntas en positivo o negativo con pigmentos. Es el caso de las manos de la Cueva de Monte Castillo (Puente Viesgo, Cantabria), fechadas entre 17.000 y 10.000 a. e. c.

Retratos de los más pequeños

Otro de los recursos de los que disponemos para estudiar la infancia en la prehistoria son sus representaciones. Se han considerado niños las figuras de pequeño tamaño y formato simplificado, que generalmente aparecen con la cabeza abultada (macrocefalia), en posición curvada y con la determinación sexual poco desarrollada.

Es el caso de la plaqueta de La Marche (Francia), del Paleolítico, que tiene grabadas cinco cabezas infantiles. Se ha interpretado como una posible escena de danza, prueba de que los pequeños formaban parte de las actividades sociales de la comunidad. Más adelante, en el Neolítico, podemos identificar mujeres gestantes y bebés con cordón umbilical (Centelles, Castellón) o escenas de parto (Higuera de Estecuel, Teruel).

También encontramos pinturas de niños transportados o en marcha junto a adultos en los conjuntos de Centelles, La Saltadora y Val del Charco (Castellón) o en la Roca Benedí (Jaraba, Zaragoza). Aunque en las escenas de maternidad el infante parece tener un papel secundario, no es así en las de transporte o marcha, que nos hablan de su cuidado, siempre asociado a mujeres.

Cuando van en el fardo, se distinguen por su cabeza erguida y los brazos extendidos, expresión de su vitalidad. Pueden hablarnos también de presentaciones sociales o ritos de iniciación, cuando forman parte de conjuntos.

La representación de una familia de cazadores-recolectores primitivos prehistóricos que viven en una cueva.

Objetos para acompañarles al más allá

Ante una muerte temprana, las criaturas recibían el mismo destino que los adultos. Eran lavadas y vestidas, y se colocaban sobre la tierra. De ello tenemos testimonios tan antiguos como el de la Sima de los Huesos (Atapuerca, Burgos, de hace 350.000 años, donde yacían un niño de cinco años y otros nueve de entre once y quince años. Se considera un enterramiento intencional por el tipo de depósito.

Además, los acompañaba Excalibur, un bifaz de sílex rojizo que fue interpretado como ofrenda. Otro ejemplo es el yacimiento de la Grotta de Arene Candide (Finale Ligure, Italia) con varios niños, uno de ellos de 15 años con un rico ajuar, un casquete recamado de conchas perforadas y cuatro colgantes de marfil de mamut.

Por otro lado, cuando el número de niños es relevante, da lugar a muchas preguntas a las que, gracias a los estudios de genética, empezamos a dar respuesta. Podemos resolver si pertenecieron a la misma familia o cuál fue la causa de su muerte.

Representación de un niño neandertal que viste piel de animal dibuja animales y abstracciones en las paredes por la noche.

Con el tiempo, sus enterramientos fueron cambiando, como cambiaron las sociedades a las que pertenecían. En la Edad del Cobre, los infantes yacen con otros individuos adultos. Y, junto a objetos en piedra o de adorno personal en hueso y concha, aparecen vasos cerámicos. Estos restos nos hablan de una vida rica y diversa en la que los animales, los adornos, los juguetes y toda clase de útiles los acompañaban al más allá.

Los niños prehistóricos no eran individuos invisibles dentro del grupo. Contaban con momentos de socialización, de exploración y de juegos. Y cuando su adiós se precipitaba, el dolor del grupo quedaba inmortalizado en el cuidado y complejidad de sus enterramientos y ajuares. Algo que, hoy en día, es una fuente de inestimable valor científico.

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