El 19 de marzo de 2013, Jorge Mario Bergoglio iniciaba formalmente su ministerio papal con un llamado a «custodiar a los más frágiles». Doce años después, aquel programa de gobierno se tradujo en una serie de fracturas estructurales con el pasado y una apuesta por colocar las periferias geográficas y existenciales en el centro del Vaticano y de toda la Iglesia.
La cruzada por los migrantes
Desde el inicio, el Papa Francisco dejó claro que la periferia sería su centro. Apenas cuatro meses después de asumir, en julio de 2013, viajó a la isla de Lampedusa, donde denunció la «globalización de la indiferencia». Este gesto no fue aislado: en 2016, tras visitar el campo de refugiados en la isla de Lesbos, el Papa regresó a Roma con 12 refugiados sirios en su avión, transformando la retórica en una acción humanitaria directa que cuestionó las políticas de exclusión de toda Europa.
Ese mismo año realizó una histórica misa en Ciudad Juárez (México), a metros de la valla fronteriza con Estados Unidos con la que posicionó a la Iglesia como un actor político frente a la crisis migratoria. Allí, Francisco hizo un llamado a «construir puentes, no muros», recordando que detrás de las cifras de deportación hay nombres, historias y familias rotas por la violencia y la pobreza.

Contra la trata y el clamor por Loan Peña
Francisco definió la trata de personas como un crimen que se alimenta de la guerra, el hambre y el cambio climático. A través de la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata, pidió esfuerzos globales para desmantelar los mecanismos económicos que lucran con la explotación sexual, el tráfico de órganos y el trabajo forzado, instando a los fieles a no acostumbrarse a la injusticia.
En ese contexto, durante la audiencia general del 15 de enero de 2025, el Papa recordó con dolor el caso de Loan Danilo Peña, el niño desaparecido en Corrientes. Al mencionar la hipótesis del tráfico de órganos para trasplantes, Francisco no solo visibilizó el caso a escala global, sino que advirtió con severidad: «Si cerramos nuestros ojos y oídos, si permanecemos inertes, seremos cómplices».

El protagonismo femenino que impulsó el Papa Francisco
En el ámbito interno, Francisco impulsó una apertura inédita para la mujer en los puestos de decisión. Bajo la premisa de que «las mujeres saben gestionar mejor», el número de empleadas en el Vaticano creció de 850 en 2013 a casi 1.200 en 2023. Pero el cambio no es solo cuantitativo: la constitución apostólica Praedicate Evangelium (2022) permitió formalmente que cualquier fiel laico, hombre o mujer, pueda dirigir un dicasterio vaticano.
Nombres como los de Simona Brambilla, primera mujer en dirigir un dicasterio, o Raffaella Petrini, gobernadora del Estado de la Ciudad del Vaticano, marcan un antes y un después en la jerarquía eclesiástica. A esto se suma el hito de la hermana Nathalie Becquart, quien se convirtió en la primera mujer con derecho a voto en un sínodo, rompiendo un techo de cristal milenario.

Francisco sostuvo que la Iglesia es «mujer y esposa», y que reducirla solo al ministerio sacerdotal (reservado a los hombres) sería empobrecerla.
Custodio de la «Casa Común»: De Laudato si’ a Laudate Deum
El legado ecológico de Francisco es, quizás, su aporte más transversal. Con la encíclica Laudato si’ (2015), introdujo el concepto de ecología integral, argumentando que no se puede cuidar la naturaleza sin cuidar a los seres humanos.
Contundentemente, el pontífice afirmó que el sistema económico actual es una «economía que mata», y la crisis ambiental es una crisis social que golpea con más fuerza a los más pobres, quienes menos han contribuido al calentamiento global.

Ocho años después, ante la lentitud de la respuesta política internacional, publicó Laudate Deum (2023), una exhortación con un tono de urgencia científica. En ella, Francisco criticó la negación del cambio climático y la fe ciega en la tecnología como única solución, exigiendo una transición energética vinculante.
Tras doce años de misión, el legado del «Papa argentino» trascendió las fronteras y se caracterizó por otras múltiples luchas (los abusos en la Iglesia, la promoción de una economía social post-pandemia y el llamado a la paz entre los países, por mencionar algunas).
Al proponer una «Iglesia en salida», Bergoglio no modificó el organigrama vaticano, sino que dejó una hoja de ruta irreversible: una fe que no se encierra en los templos, sino que se ensucia las manos en el barro de la historia para devolverle la dignidad a los descartados del sistema.
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